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Noche de San Juan, 1999 Hazme Regresar

Noche de San Juan, 1999

Tres figuras adolescentes, dos chicos y una chica, contemplaban la hoguera que habían encendido para celebrar el inicio del solsticio de verano, una noche especial llena de energía.

“Se cuenta que la acción del fuego purifica y ahuyenta todo lo malo.”

A sus dieciséis años, Gabriela, había vivido el peor momento de su corta vida, la pérdida de sus padres la había dejado totalmente desolada, destruyendo su hermosa sonrisa.

La previsión de sus padres, había facilitado esos horribles momentos. En su testamento dejaron estipulado, que en caso de fallecer ambos, la custodia de su única hija recaería en sus mejores amigos: Eduardo y Sara.

Ahora se encontraba junto a los hijos de ambos, Fran y Quique, de diecinueve y diecisiete años, respectivamente. Juntos, quemando todo lo malo con un peculiar ritual que sólo ellos compartían.

Unieron sus manos alrededor del fuego con solemnidad, y cerrando los ojos, los tres murmuraron las siguientes palabras:

Juntos,

Siempre hasta morir…

Era la noche más maravillosa, impresionante, increíble, perturbadora y mágica. La noche donde el espíritu del fuego danzaba con las personas elevándolas a un estado espiritual sobrenatural.

Era la ocasión de despedir todos los malos momentos vividos y de recibir todo lo nuevo que la vida les deparase. Alejar todo lo negativo y abrir la mente y corazón a todo lo positivo.

Con ese rito se pretendía que la luz ganase a la oscuridad, que las tinieblas quedasen enterradas para siempre y que un haz brillante, les acompañase, iluminando todo lo bueno que existía a su alrededor.

Sentados frente al fuego, Gabriela, Quique y Fran, tres almas inseparables realizaban su ritual particular:

…Por la amistad: Sentados en círculo, alrededor de la hoguera, con las manos entrelazadas, pidiendo que esta sea perpetua, para siempre…

…Para alejar todo lo malo: Ya en pie, saltando por encima de la hoguera para dar paso a una nueva etapa, lejos de suspensos o de regañinas de sus padres…

…Para encontrar el primer amor: Esa parte era la más dura del ritual, aunque era el comienzo del verano, la temperatura descendía por las noches y el agua del mar aún estaba bastante fría, pero para ellos aquello era como un reto, incluso les divertía.

En ropa interior salieron corriendo unidos de las manos, Gabriela escoltada entre sus dos guardianes. Cuando alcanzaron la orilla se soltaron para, de espaldas, tirarse a las furiosas olas del mar, con el único deseo de ahuyentar la mala suerte.

De repente, Gabriela fue arrastrada hacia la orilla, su cuerpo estaba siendo centrifugado por una ola impetuosa, hasta que unas sólidas piernas se interpusieron en su camino.

Una fuerte mano tiró de ella alejándola de aquel tropel húmedo,  su anónimo salvador no contó con su cuerpo ligero, lo que ocasionó que chocasen en un abrazo fortuito que les hizo estremecer. Ambos, en la confusión del momento, pensaron que era debido a la temperatura del agua.

Unos intensos ojos azules se vieron reflejados en dos grandes lagunas con tonalidades indefinidas, pero que encajaban a la perfección en aquel hermoso rostro. Sintió que el deseo recorría todo su joven cuerpo, notó como un latigazo la recorría desde la planta de los pies hasta la punta de los dedos de sus manos, al tacto con esa desconocida y tibia piel, que la hizo estremecer de placer.

Sin pensarlo, atrajo a aquella hermosa criatura, acercando sus labios a los de ella para depositar una suave caricia que hizo que todo se evaporase a su alrededor: el mar dejó de rugir, los gritos de sus amigos se extinguieron, y las llamadas angustiadas de Fran y Quique se perdieron con el viento.

No quería que ese instante acabase nunca, era su primer beso y aunque debería haber huido del abrazo de aquel desconocido, se vio envuelta en la más maravillosa de las experiencias. Una vez se quemó al tomar sol y la enfermera que la atendió en la Cruz Roja, le dijo que la piel perdonaba pero no olvidaba, pues eso quería ella, no olvidar y que aquel beso quedase inmortalizado a fuego en su piel.

―¡Babi! ¡Babi!

Las voces preocupadas de sus hermanos la hicieron reaccionar, e igual que había aparecido en la vida de aquel desconocido, se alejó corriendo entre las olas.

Sin poder apartar la vista, él vio como dos siluetas masculinas se acercaban a la chica y, por sus gestos, notó que estaban preocupados. El más alto comenzó a examinarla en busca de cualquier indicio de una lesión, mientras que el otro no dejaba de acariciar su melena, se notaba que para ambos era muy importante.

Entre la luz, ya tenue, de las hogueras, distinguió como aquella misteriosa sirena iba escoltada por sus celosos guardianes. Una ráfaga de viento, le acercó el sonido de sus voces recitando una desconocida melodía:

Juntos,

Siempre hasta morir…

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Pilar Nieva

 

 

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